Dana estaba sentada frente a la ventana. Seguía con sus ojos la danza en una pequeña semilla de diente de león, que no tardó mucho en desaparecer. Así le hubiera gustado que pasara con el desasociego que la estaba carcomiendo hace un poco más de 15 días. No sólo le dolia el pecho; no sólo de manera muscular. Sentía un peso en ellos que se extendía hasta su abdomen. Un dolor de esos que no matan, pero que le hacían saber que ahí estaba con un sutil calor. Se había equivocado muchas veces. Y esta pareció no haber sido la excepción. Cierra los ojos.
Dana se vió en un callejón oscuro, con mucha neblina. El callejón no le era ajeno. Abrió una puerta que desde hace muchos años le había llamado la atención. La lucesita que se colaba por entre esa puerta siempre la había percibido; quizás por haberse sentido un poco perdida, la encontró más brillante que de costumbre. Estaban todas las posibilidades para recorrerla. Lo hizo. Ya era tarde para dar marcha atrás. Cuando se dió a la tarea de observar dónde se había metido, se dió cuenta que en ella existía un afecto por los materiales de los que estaba hecho cada elemento que en la habitación reposaba. Pasaban los días y el afecto continuaba (y así sería para siempre), pero no le había gustado estar ahí. Dana no podía creer lo que estaba descubriendo en esa habitación: cada material tenía un qué valiosísimo, pero era un desperdició el cómo habia sido diseñada.
Ahora, estar perdida, perdía importancia ante la incertidumbre de su condición. Abre los ojos.
Te veo
Hace 1 mes.
